viernes, 9 de octubre de 2009

Trio para tres

Después de la lectura de un relato concreto, mi imaginación despertó la curiosidad de invitar a una tercera persona en nuestras íntimas relaciones. Mi propuesta la expuse durante una romántica cena en un céntrico restaurante. Con susurrante voz, fui introduciendo el tema hasta despertar en mi mujer la inquietud de mi deseo. Un trío; ella, yo y quien ella eligiera. Para alcanzar este deseo es necesario que esa tercera persona sea de su agrado y complacencia, de esta manera es difícil el rechazo por su parte a la hora de llegar al punto que se busca.

Durante algunas noches, cuando el sexo hace acto de presencia, susurraba en su oído nombres de conocidos o amigos de ambos. Amigos a los que buscaba una reacción de aprobación por su parte. Tras varios intentos en distintas noches, noté algo especial, un comportamiento de excitación superior al de otras ocasiones al nombrarle a José María. Instaba a que pensara en él, que era nuestro amigo el que se encontraba con ella en ese momento, reaccionando de forma positiva al oír su nombre.

Fuimos al salón. Comencé a hablar de nuestro amante imaginario. Su respuesta ante mi pregunta fue muy concreta. "¿Y después qué?. Una pregunta como respuesta esperando la mía, no era muy esclarecedor, pero si era orientativo. De haberlo rechazado, no hubiese preguntado por el "después", se hubiese limitado a decir "no", por lo tanto se había abierto una puerta a favor de una nueva experiencia.

José María es un buen amigo desde hace varios años. Separado, sin compromiso. Buena persona y en la que se puede confiar de verdad. Atractivo para mi mujer y con unos dotes de educación y discreción que le hace el candidato ideal para estos menesteres.

Tras varias charlas en relación con el tema, decidimos una tarde de sábado intentar alcanzar esa situación que tanta saliva nos había hecho gastar.

Alquilamos una casa rural para el fin de semana en la provincia de Valladolid. Una casa con auténtico decorado antiguo, cuidado aspecto en suelos, techos, paredes, muebles, útiles de concina, dormitorios, salón y aseos. Le invitamos. Aceptó encantado, al fin y al cabo fuimos los únicos amigos que estuvimos a su lado durante el doloroso proceso de divorcio.

El viernes por la tarde, subimos al coche camino de nuestro lugar de descanso y quizás nuestro primer intento de hacer realidad nuestra fantasía.

Nos acomodamos en las habitaciones bien dispuestas, limpias y con ropa de cama con un olor campestre aceptable. Dentro de nuestra habitación, mi mujer se quedó desnuda para entrar al baño y refrescar su maravilloso cuerpo. Yo me limité a ponerme un bañador y salir hacia la cocina y mirar en qué condiciones se encontraba.

Como es lógico, no había nada de comestibles ni bebidas. Volví a mi habitación para vestirme nuevamente. Mi mujer se estaba poniendo el bikini y una blusa que apenas le tapaba los muslos. Le propuse quitarse la ropa interior y aceptó desprenderse únicamente del sujetador.

Así salió al salón donde se encontraba José María sentado en el sofá ojeando unas revistas de publicidad de la zona. Al momento me presenté vestido nuevamente para marcharme a comprar algo para la cena y bebidas. Quisieron acompañarme pero mi insistencia de ir solo pudo con su obstinación.

En el centro comercial, llenaba el carro con todo aquello que más nos gusta sin olvidar algo de alcohol y el hielo. Habían transcurrido una hora aproximadamente desde que salí de casa. Mi imaginación me engañaba, puesto que mientras compraba, pensaba que ambos estarían ya haciendo aquello por el que habíamos ido a ese lugar. Quizás eran los deseos que ocurriera algo, pero no podía ser tan fácil ni rápido. Conozco a mi mujer y a José María, ninguno de los dos haría nada, quizás por miedo o por prudencia, pero sé que nada estaría pasando en mi ausencia.

Aun así, hice algo de tiempo antes de volver a casa. Me fui al bar a tomarme una cerveza antes de regresar.

Cuando llegué a la casa, los dos estaban por los alrededores dando un paseo, charlando, quien sabe de qué asuntos. Me ayudaron a sacar la compra del maletero para llevarlo a la cocina donde colocamos todo entre los tres. Estábamos cansados. Habíamos madrugado por la mañana para ir al trabajo. De todas formas, preparamos una cena ligera y al terminar unas copas nos acompañaron en una velada estupenda.

Sin darnos cuenta, las tres de la madrugada se presentó. María comenzó a bostezar de sueño, señal que nos propuso ir a dormir. Así lo hicimos. José María entró en su habitación dejando la puerta entreabierta y nosotros hicimos lo propio. La casa quedó a oscuras. Apenas podía conciliar el sueño. Después de dar vueltas sin conseguir dormirme, decidí levantarme. Mi mujer, desnuda sobre la cama y con la sábana que apenas le tapaba las rodillas, dormida. De camino al salón, me asomé a la habitación de nuestro amigo. También estaba desnudo, boca arriba, la luz de la luna que entraba por la ventana me permitía verle con claridad.

Los dos dormidos me permitía estar desnudo mientras me fumaba un cigarro en el balcón y mirando unas revistas de rutas por los alrededores. Un terrible susto me llevé cuando se aproximó José María detrás de mí, se había acercado con sigilo. También estaba desnudo como yo. No se lo reproché aunque se levantara mi mujer y nos viera así a los dos. Lo estaba deseando aunque no ocurrió.

Le preguntaba por su estado de ánimo tras el divorcio y muchas cosas más. Me envidiaba por tener a la mujer que tengo y la relación que mantenemos. Le provocaba para que me contara cosas de ella, pero su inteligencia, muy superior a la mía, impedía sacarle una palabra que él considerase fuera con segundas intenciones. Pero dejó caer una frase inconclusa que me hizo pensar. "Quien fuera …..".

El frescor de la noche nos permitía estar allí hasta las cinco de la madrugada que nos acostamos.

Por la mañana, mi mujer se levantó la primera, fue a la cocina para preparar los desayunos. Al pasar por la habitación de nuestro invitado especial, se quedó mirando su desnudez aunque solo pudo verle su prieto trasero al encontrase tumbado boca abajo. Se había levantado y se había puesto una blusa blanca, casi transparente y sin ropa interior. Al trasluz se le podía ver la silueta desnuda.

Después me levanté acompañando a mi mujer. Cuando habíamos terminado de tomar el café, José María se presentaba ante nosotros. Ella se levantó para prepararle el desayuno como lo hizo conmigo. Vi en ese momento la mirada de nuestro amigo siguiéndola hasta que desapareció tras la puerta. Al retirar su mirada, se dio cuenta que le observaba y me pidió disculpas por tal atrevimiento. Guardé silencio, pero por dentro sonreía pícaramente. Había conseguido mi objetivo, llamar su atención.

Cerca de la casa hay un rio. Remontando, hay una zona para bañarse según pude ver en la revista la noche anterior. Lo comenté a María y sin dudarlo se puso el bikini. Con el bañador ya puesto, solo tuvimos que tomar las toallas y unas chanclas.

Se bañaron una y otra vez, juegos y diversión, tomar el sol, leer un libro…. Mi atrevimiento en esos momentos me permitió quitarme el bañador para quedarme desnudo y ante la mirada atónita de ambos, entré en el agua para jugar con ellos un rato. Les propuse que hicieran lo propio, la sensación de bañarse desnudos era maravillosa y estarían muy a gusto.

Lo hicieron, tanto ella como él, se quitaron los bañadores pero lo dejaron en una piedra junto al agua. Invité a María a que abriera las piernas, así podría pasar por debajo buceando. Típico juego acuático. Después él tenía que abrir las piernas para volver a repetirlo. Después la propuesta entre ellos, aunque les avergonzaba en un principio, luego se convirtió en algo habitual. En una de esas ocasiones que se encontraban bajo el agua en sus juegos, tomé las prendas de baño y me las llevé hacia las toallas, de esta forma tendrían que salir desnudos los dos.

No salió bien la jugada, reclamaron sus prendas. Las acerqué para que se las pusieran sin reprocharme nada puesto que sabían que era una simple broma y a la primera vez que me las pidieron las entregué. Yo seguía desnudo, ante los dos. Era algo que no me preocupaba.

Volvimos a casa. Nos duchamos y salimos a comprar. Después de comer volvimos al rio a bañarnos. Volvimos a repetir la misma escena que la mañana. Yo desnudo, ellos con bañador.

Cuando empezó a caer la luz del sol, refrescaba lo suficiente como para no estar dentro del rio, ni tan siquiera en la orilla. María se metió entre unos matorrales con la intención de cambiarse, el bañador mojado y con el fresco del atardecer, le apetecía secarse y ponerse ropa seca. Solo había metido en la bolsa, la blusa semitransparente que fue lo único que puso. José María, se quitó el bañador sin esconderse en ningún sitio, pero con la precaución de hacerlo mientras ella estaba en el otro lado.

Decidimos cenar fuera de casa, unos pinchos, unas cervezas y unas copas, hasta que nos dieron las dos de la madrugada. El rio cansa y no teníamos muchas ganas de estar de fiesta. Volvimos a nuestro alojamiento donde preparé unos combinados con alcohol con unos frutos secos de aperitivo. Pasaban las horas y no ocurría nada de lo que habíamos previsto hasta que mi mujer decide tumbarse en el sofá con la cabeza apoyada en mis piernas y las suyas sobre las de José María.

Una blusa más transparente que la de la tarde, permitía ver su desnudez a través de la tela y la mirada de nuestro amigo apenas podía retirarla. María había tenido la idea de provocar la situación que andábamos buscando vistiéndose de la forma que lo había hecho y yo continué tal provocación con caricias sobre el pelo. Bajo mis manos hacia sus hombros para continuar con un sensual masaje.

Poco a poco desabrocho un botón de la blusa para permitir que mis manos continúen un poco más hasta que consigo llevar la yema de mis dedos entre sus pechos. María con los ojos cerrados, o al menos eso parecía, disimulaba su deseo. Yo recliné mi cabeza hacia el respaldo del sofá haciendo creer a José María que lo hacía de forma natural.

Sigo desabrochando la blusa hasta llegar casi al ombligo donde queda el último botón sujeto en su ojal. La tela de la blusa tapaba ligeramente ente sus pechos por la parte de arriba, mientras que por debajo la escasa tela tapaba sutilmente su sexo. Las manos de José María apoyadas sobre el asiento, no se atreven a moverse, no saben qué hacer o están esperando a alguna indicación de cualquiera de nosotros.

María, disimuladamente, agarra la mano de nuestro amigo para apretarla con firmeza. La lleva hasta uno de sus muslos para dejarla reposar con suavidad. Con los ojos casi abiertos contemplo aquello que deseaba. Él y yo nos miramos con complicidad, esbozo una sonrisa de aprobación dándole pie a que comience a acariciar la desnudez de sus piernas.

No necesitó mas ayuda, había aprendido el recorrido y descubierto alguno más. Pasaba la yema de los dedos entre los muslos sin llegar a tocar el sexo que ya se encontraba humedecido por la situación. María acepta todo lo que hacemos.

En este tipo de situaciones se me escapa el tiempo, desconozco cuanto pudimos estar así, tampoco me importa, la cuestión es que estábamos disfrutando del momento y de la realidad.

Las caricias de nuestro amigo comenzaron a ser cada vez más extensas recorriendo más cuerpo, más piel; le notaba su excitación a través del bañador, igual que la mía.

Bajé mi mano para soltar el último botón que tenía abrochado sin desnudar el tesoro que tiene entre sus piernas, privilegio que dejé a nuestro amante para cuando el decidiera desnudarlo.

Movía sus manos en un recorrido amplio por las piernas de María; de forma disimulada fue empujando la minúscula tela que le quedaba para dejar desnudo aquello que tanto deseo despierta entre los hombres.

Aquello no fue más que el pistoletazo de salida para retirar la parte de la blusa que tapaba sus pechos, de esta forma la dejamos casi desnuda al completo. Sus pechos se mostraron ante nosotros, María retiraba los brazos para que se pudieran ver con claridad.

Lentamente la ayudo a incorporarse. Con elegancia, comodidad, sin tapujos, se quita la blusa para dejarla encima de la mesa.

Antes de sentarse se acerca a mí para quitarme el bañador para depositarlo en el mismo sitio que su ropa. Después hace lo propio con José María. Los tres desnudos. Extendió sus manos hacia nosotros. Nos ayuda a levantarnos encabezando el camino hacia nuestro dormitorio.

Nos tumbó sobre la cama, pegados el uno al otro. Nos abrió las piernas para poder ponerse de rodillas ante nosotros y comenzar a acariciar con sus manos nuestra desnudez sin tocar el sexo. Ella mandaba y nosotros obedecíamos, sin acuerdo previo, sin mandatos, simplemente tomó la iniciativa y nos dejábamos llevar por sus deseos y caprichos.

¿Hasta dónde llegaría?. Nuestra excitación cada vez era mayor y sobre todo la mía. Mi mujer, desnuda ante otro hombre que la contemplaba con admiración y deseo. María tocando el cuerpo desnudo de otro hombre, mirando el sexo de otro ante mi presencia. Esta situación me estaba provocando deseo irrefrenables de sexo y más sexo. Me contenía de lanzarme sobre ella porque quería contemplar su maestría para hacernos disfrutar a los dos a la vez.

José María osó tocar un pecho. Ella aceptó sin retirarse ni quitarle la mano. Pellizcaba suavemente el pezón después de humedecerse los dedos. María cerraba los ojos por la sensación de placer que sentía, mientras pasaba sus manos por la cara interna de nuestros muslos.

Imité los actos de nuestro amigo con la anuencia de tan preciosa mujer. Asentía con suspiros profundos.

Los dos al unísono tocábamos sendos pechos con una mano, mientras la otra acariciaba el restos del cuerpo. Mi conocimiento de sus puntos erógenos anticipaban los movimientos de José María que plagiaba con exactitud.

Veía la excitación de mi mujer en los húmedos labios vaginales. La coordinación con nuestro amigo me permitió pasar la mano por la cara interna del muslo cerca de su jugosa vulva notando su líquido entre mis dedos ante el pequeño roce.

Gracias a la lubricación que nos presentaba, aproveché para separar sus labios y adular su rosácea vagina en busca del punto de placer que me estaba pidiendo con su lenguaje corporal. Lo encontré con facilidad, cómo no podía ser de otra manera. Su clítoris ya había salido de su escondite para no perderse detalle de los acontecimientos.

La mano de José María se acercaba sigilosamente al mismo sitio, orientándole hacia el interior de su sexo en busca del punto escondido del placer. Metió un dedo mientras yo seguía agasajando su apéndice con cariño. Su respiración profunda estaba dándonos un aprobado con nota alta. Buscábamos el sobresaliente.

Nuestros dedos trabajaban al ritmo que ella marcaba a la vez que su movimiento pendular acentuaba el compás. Cada vez más rápido, cada vez más placer. Al punto de llegar a su primer orgasmo, José María se incorpora para llevarse a la boca el pecho desnudo de María para saborearlo. Su lengua se movía con maestría haciendo que el pezón se balanceara en la dirección que el ordenaba. Me gustó aquel gesto tanto como para repetirlo al mismo ritmo.

Un fuerte suspiro con un ligero grito controlado nos advierte de haber alcanzado lo que estábamos buscando. Unos segundos de descanso antes de pedirnos un nuevo acercamiento al éxtasis.

Apoyó su cabeza sobre la almohada y con las rodillas clavadas sobre la cama, nos sugirió empezar una vez más. Esa postura me incitaba a una penetración, pero eso lo dejamos para el final, ahora es ella la que tiene que disfrutar de los dos.

No dudé en ponerme detrás de ella. Metí mi cabeza entre sus piernas para que mi lengua empezara a trabajar y repetir lo que hicieron mis dedos. El sabroso sabor de su depilada y jugosa vagina me excitaba sin igual.

Nuestro amigo se colocó frente a ella conforme le ordenó. Mientras me limitaba a saborear su preciado sexo, ellos se besaban en la boca jugando con sus lenguas. A duras penas podía verlos con claridad, pero notaba el comportamiento de ambos. El erecto pene de José María se encontraba muy cerca de mí, eso sí me permitió ver a mi mujer tocarlo con la misma maestría que solía hacérmelo. Ver como mi mujer se la tocaba a otro me encendía de placer, me hacía llegar a lo mas alto del placer. Me estaba gustando tanto que odiaba el momento del fin.

Antes que llegara al nuevo orgasmo, me retiré para mirarles. Seguían besándose en la boca. Pecho contra pecho, piel contra piel y la mano de María masturbando a nuestro amante.

Dejaron de besarse por deseo de ella para deslizarse lentamente hacia abajo, pasando su salivosa lengua durante el recorrido que le llevaba hasta la erección del pene. Sin soltarla de la mano, continuaba con su lengua recorriendo la longitud de ese miembro varonil. Entró en su boca para marcar el movimiento con la cabeza de la misma manera que lo hacía con la mano. Para arriba y para abajo a la vez que les contemplaba desde la corta distancia.

Aproveché esa postura para volver a buscar el clítoris y rozarlo con la pasión que siempre le pongo. Con la otra mano busqué el agujero de su trasero también humedecido y le introduje un dedo a la vez que otro hacía lo mismo en la vagina para frotar su punto "G". Sin sacarse el pene de José María de la boca, alcanzó un nuevo orgasmo con más intensidad que el anterior.

Necesitó descansar un poco más que la vez anterior. Se tumbó boca arriba, mientras nosotros nos dedicamos a acariciarla por todo su precioso y excitado cuerpo. Ella seguía marcando el ritmo. Nosotros nos colocamos de rodillas a cada lado. Nos agarró sendos penes para acariciarlos con dulzura. Nos regalaba una sonrisa de satisfacción y agradecimiento.

Por su mente pasó algo que quiso que hiciéramos. Tomó la mano de José María llevándola hacia mi miembro y lo mismo hizo conmigo. Ninguno de los dos mostramos rechazo ante singular osadía por su parte. Ella pasó las manos hacia nuestros traseros en busca del orificio anal. Se mojaba los dedos para no hacernos daño. José María, abrió sus piernas para que no le costara trabajo encontrar lo que buscaba, seguidamente hice lo mismo.

Nunca antes había tocado el pene de otro hombre y no me pareció desagradable, ni despreciable, simplemente lo toqué y me gustó hacerlo.

Las caricias de María sobre nuestro trasero era de agradable sensación. Cerré los ojos para centrarme en el momento aumentando el placer a medida que el dedo entraba con cautela. La sensación es maravillosa, sobre todo si se hace con el cariño y el cuidado que ella estaba demostrando.

María decide un nuevo cambio de postura. Nos pone a los dos de rodillas, con la cabeza sobre la almohada. Su idea era jugar con nuestro trasero y así lo hizo. A él le agarró su gran pene y a mí me mojaba el agujero de mi trasero con la lengua. Después cambiaba haciendo lo mismo. Cuando estaban los dos bien humedecidos, metía sendos dedos dándonos placer de forma incansable. De motu propio, agarré el pene de José María para masturbarle desde la posición que nos encontrábamos y él lo mismo conmigo.

Al cabo de un rato, María levantó a nuestro amigo y le colocó detrás de mí. Agarró su miembro para dirigirlo a mi trasero bien lubricado. Poco a poco fue metiéndolo para no hacerme daño. Consiguió introducirlo y a moverse lentamente por conocer de mi virginidad y no hacerme daño. Me gustaba, tengo que reconocer que era un auténtico placer. Mientras se movía con soltura, mi mujer se tumbó entre mis piernas para meterse mi pene en la boca. Entre ambos estaban haciendo que sintiera un placer que nunca había sentido antes, provocando un orgasmo jamás vivido hasta entonces.

José María se quitó el preservativo que se había puesto para penetrarme, aun no se había corrido. María le pidió que se tumbara sobre la cama para que entre ella y yo le masturbáramos con la boca. Mi experiencia homosexual tuvo un éxito rotundo. Me gustó, quizás por ser quien era el hombre con el que lo hice, no lo sé, pero me gustó mucho.

María estaba excitada ante nuestro comportamiento, eso me permitió que fuera yo quien la pidiera con gestos que se sentara encima de él. Abrió las piernas para colocarlas a cada costado de José María. Me puse a su espalda empujándola ligeramente sobre él. Se besaron en la boca con pasión y ternura. Agarré el pene para llevármelo a la boca y saborear nuevamente esa experiencia. Después lo dirigí hacia la vagina de María metiéndola.

Comenzó a moverse con los vaivenes característicos de ella. Desde mi posición, veía como entraba y salía. Cómo disfrutábamos lo tres de tan maravilloso espectáculo. Mis manos agarraron la cintura de María para ayudarla en su ritmo. Se incorpora para modificar el movimiento anterior.

Me levanté de la cama y me senté en una silla mirando como mi mujer se estaba tirando a mi mejor amigo y como mi mejor amigo se estaba tirando a mi mujer. Me gustaba más de lo que me podía imaginar y creo que a ellos también, los dos desnudos ante mi mirada, es algo que no puedo describir, simplemente me gustaba y quería que no terminara nunca ese momento.

Casi a la par, llegaron al orgasmo. Todo el líquido seminal entró en el interior de María. Cuando ella llega a su orgasmo, se levanta para sacarse el miembro aun erecto de su interior y veo como ese líquido blanco chorrea entre sus piernas.

Exhaustos se tumban ambos boca arriba con fuerte y profunda respiración. Me levanto de la silla para acercarme con ellos a la cama. José María aun se encuentra en plena erección. La agarré para intentan descargar todo lo que le mantenía en ese estado. Le masturbé mientras con la otra mano hacía lo mismo con María.

Mi erección también estaba siendo tratada por mi mujer que me masturbaba con la boca. Tuvimos un nuevo orgasmo al cabo de unos minutos.

El cansancio se apoderó de nosotros y solo nos quedaban fuerzas para darnos una ducha para refrescarnos. Primero fue María y al acabar se acostó sobre la cama. Después José María tumbándose a su lado cuando terminó. Una vez que me asee y al volver a la habitación, vi que los dos se habían quedado dormidos. Una cama para tres era demasiado pequeña. Me fui al balcón para fumarme un cigarro. Terminé y me acosté en la habitación de José María dejando que durmieran juntos esa noche.

A la mañana siguiente, fui el primero en levantarme. Me asomé a la habitación encontrándolos dormidos aun, desnudos y abrazados. Después de esbozar una sonrisa al ver a mi mujer tan feliz, me fui a la cocina a preparar el desayudo para los tres. Lo coloqué en una bandeja y lo llevé a la habitación donde almorzamos juntos, desnudos y felices.

miércoles, 7 de octubre de 2009

Jazzmina

No quiero buscar una justificación a la hora de decidir por qué entré en determinada página personal hace ya algunos años. No hay que pensarlo demasiado, simplemente ocurrió. Detrás de esa página, su creadora, había dispuesto un libro de visitas que, como curioso que soy, visité para leer los comentarios.

Nada significante. Me gustaría saber que me impulsó a seguir entrando en esa página un día y otro. Por fin me decidí a escribir algo, llenarla de contenido aunque no tuviera una repercusión inmediata. Pero si la tuvo. Enseguida unas palabras de agradecimiento aparecieron en contestación a mi escrito.

El intercambio de los correos electrónicos nos permitía hablar, contarnos cosas cada vez más profundas y sinceras. Algo que me extrañó conociendo como es el mundo de internet. Esa relación fue tomando forma, hasta que por fin cierto día pusimos caras a esas formas.

Jazzmina se presentó puntual a la cita que habíamos acordado. Me sorprendió gratamente su belleza. Esa era la parte superficial la que todo el mundo busca y la que impacta a primera vista, pero en Jazzmina había algo más. Algo que no se puede ocultar por muy fuerte que sea el escudo que se quiera presentar. Su mirada la delataba, tierna, sensible y a la vez con carácter emprendedor. Eso no se puede ocultar.

Desde aquel primer encuentro se sucedieron más y cada vez con más frecuencia. Una noche de discoteca, otra de un pub en otro, cenas. Cada vez que nos veíamos surgía algo nuevo, algo diferente que me obligaba a seguir viéndola, seguir con ella. No sabía lo que podía durar esta relación, tampoco me lo planteaba, simplemente disfrutaba del momento, de su compañía, de sus comentarios con esa voz dulce que me dolía interrumpir aunque fuera simplemente para una aclaración.

Nunca tuve intención de ir más allá de la relación de amistad que nos había unido. Todo en la vida tiene un recorrido, lo busquemos o no. Sin embargo sus innumerables cualidades me empujaron cierto día a pensar en ella de otra manera.

Estaba en casa solo. Acababa de hablar con Jazzmina por internet y había visto su cara a través de la webcam. La conversación había transcurrido como casi todos los días, pero en cierto momento, un comentario o una frase interpretada de forma diferente a la que se pretendía, hizo que el ambiente se caldeara, que buscara entre líneas algo que quizás ella no tenía intención de comentar o que tuvieran un sentido contrario al que yo pretendía encontrar.

Despertó en mí deseos hacia ella. Algo inesperado, fortuito a la vez que agradable y limpio. Me acosté con mi mente fugada hacia ella. Cerré los ojos. Allí estaba ella, mirándome. Levanté mis manos para poder acariciar su cara, rozar su piel con la yema de los dedos. Estaba inalcanzable.

El zumbido del despertador me devolvió a la realidad. El trabajo y la rutina no se despegaba de mí pero sabía que por la tarde volvería a estar con ella. Aunque el día fue largo, casi eterno, la vi donde habitualmente quedábamos para después ir a tomar algún aperitivo, cenar o cualquier cosa que se nos pasara por la cabeza.

Esa noche estuvimos en un centro comercial. Después de cenar algo ligero, fuimos a un local especializado en cervezas. Allí pasamos un buen rato. Charlas, comentarios y su especial conocimiento de internet se convierte en el centro de conversación. Explicando con detalle cómo se puede construir una página web. Estaba atento a todas y cada una de sus palabras. Me gustaría saber que pasó por mi cabeza, mejor dicho sí lo sé. La oía pero no la escuchaba. Mi cabeza estaba con ella, pero en otra parte. Comenzaba a pensar en ella, o mejor dicho, la miraba de otra manera desde la conversación de la noche anterior.

Dejó de hablar. Bebió un sorbo de cerveza. Se levantó, se acercó hasta mi para agacharse y darme un suave y tierno beso en los labios. Aquello me dejó paralizado durante unos segundos. Tras de mí se perdió mientras me quedaba mirando mi copa, sin pensar nada, sin poder reaccionar ante tan maravillosa sorpresa.

Aquella inolvidable velada transcurrió sin más, es posible que no se llegue a entender, pero mi satisfacción fue tan amplia que me sentía un niño en el día de reyes. Pensando que aquello fue algo esporádico y que no habría más, descubrí que Jazzmina era un cúmulo de sorpresas. Tres días después de aquel celestial beso voluntariamente inocente y tras escribirnos por el msn en línea con aquella noche, algo nuevo me deparaba en la nueva cita.

Ella en su coche, yo detrás de ella como me indicó, recorrimos las afueras de la ciudad hasta llegar al destino que había preparado sigilosamente. Llegamos a las puertas de un hotel. Ella aparcó el suyo en el reservado para los clientes.

Cogió las llaves de una habitación en recepción. Subimos las escaleras. La habitación dispuesta a ser testigo de lo que ella quisiera que pasara, tomó la iniciativa y yo la seguiría a su ritmo, sin imponer nada, sin obligar a nada, simplemente mi trabajo era seguir su sinfonía como músico al director.

Nos sentamos en el sofá que decoraba la entrada, junto a la cama. Allí charlamos con una luz tenue. Jazzmina que me abrazaba sin decir nada, se incorpora para quitarme la camiseta dejándome el torso libre de obstáculos para pasear su mano sobre mi piel.

Ella decidía que hacer y en qué momento hacerlo. Cómo buen alumno obedecía sin mediar palabra, ni actos que interrumpieran su laborioso trabajo. Me limité a besarle en la boca, ella aceptaba y yo encantado de vivir esa experiencia con ella.

Jazzmina seguía vestida, una camisa que dejaba entrever sus preciosos pechos, una falda que permitía ver unas piernas esculpidas cual mejor artista cubiertas por unas finas medias que le daban brillo y color excitante, zapatos de tacón bajo.

Se puso de pie. Me ayudó a levantarme extendiendo sus manos hacia las mías. Me abrazó por el cuello para besarme nuevamente en la boca y hacer que nuestras lenguas jugaran entre sí hasta saciarse.

Sus manos descendieron por mi espalda con la yema de los dedos marcando el recorrido hasta la cintura. La rodeo para soltar la hebilla del pantalón, el botón y bajar la cremallera. Así, permitió que cayera al suelo. Sus caricias no cesaron. Pasó sus manos por dentro del slip por detrás. Mi piel agradecida se mostraba suave a sus dedos. Recorrió el contorno de mis caderas sin llegar a tocar mi erecto miembro. Las paseaba para adelante y para atrás, deslizando la única prenda que me quedaba.

Quise desnudarla, pero no me lo permitió. Se movía a mi alrededor girando sobre mí a la vez que estudiaba mi cuerpo ya desnudo. En mis espaldas se detuvo. Me masajeaba desde el cuello hasta los pies. Sentí que se agachaba sin soltarme. La humedad de su lengua refrescaba por donde pasaba entreteniéndose entre la raja de mi trasero.

Llevé mis manos hacia atrás para tocarle la cabeza e impedir que se fuera de allí. Se puso de pie. Frotaba su cara a lo largo de mi columna. De pronto, siento como sus pechos liberados de las ataduras de sus prendas íntimas, roza mi espalda. Sus pezones se marcaban tras de mí con la calidez que solo ella sabía aportar.

Se había desnudado fuera del alcance de mi mirada haciendo que mis pensamientos volaran con tal velocidad que provocó que mi excitación creciera con la misma rapidez que ella de quitó la ropa.

Me vendó los ojos con un pañuelo de seda, me dio la vuelta para permitir que nuestros pechos se juntaran. Sentir su piel era algo que me dejaba extremadamente relajado y feliz.

Me llevó a la cama donde me tumbó con suavidad. Ella colocada a mi izquierda, hacía de mí lo que le apetecía. Sus caricias teñidas de elegancia me hacían sentir placer en cada milímetro por donde tocaba.

Llevé mis manos hasta su pelo, jugaba con esa pequeña melena por la nuca con suaves movimientos. Deslizaba mis dedos por su espalda haciendo que se estremeciera de vez en cuando. Mi insistencia es recorrer su desnudez tuvo por fin premio. Había conseguido excitarla, igual que ella a mí, con un protocolo de ternura y precisión.

Aun con los ojos vendados me giré hacia ella para conseguir que se tumbara sobre la cama colocándome encima. Conforme la besaba sin parar, ella me soltó el pañuelo de los ojos para permitirme contemplar su precioso cuerpo desnudo.

No pude resistirme a la tentación de recorrerlo con mis labios. El cuello fue el comienzo de mi andadura. Seguí despacio bajando hasta esconder mi cara entre sus pechos. Giraba la cabeza para mordisquear sus pezones consiguiendo que su excitación creciera tanto como ella había hecho conmigo.

Mi conformidad no se quedó allí. Seguí con mi camino más abajo. Me puse de rodillas en el suelo hasta que mi boca alcanzó su intimidad completamente depilada. Allí se encontraba ese apéndice que pedía jugar con mi lengua. Separé los labios vaginales para que me resultara más cómodo y fácil poder beberme su fogosidad que aumentaba a razón del movimiento de mi lengua.

Su profunda respiración delataba que estaba en el camino correcto hasta que un grito controlado de placer salió de su boca agradeciéndome mi pequeño esfuerzo. Quería más, su fogosidad había dado comienzo. Quería más y yo quería darle más. Me pidió que me pusiera a su altura para poder agarrar mi erecto y duro miembro. Lo tocaba, lo acariciaba, lo frotaba con tanta clase que parecía que me iba a estallar.

No tardó en ponerse encima de mi colocando su cara entre mis piernas dejando que su imberbe vagina se situara entre mis labios para continuar una labor que deseaba fuera interminable.

Sentía el calor de su boca en mi pene, su lengua jugando con la punta. Aquello tan maravilloso no debería acabar nunca. Llegamos los dos al orgasmo casi a la vez. Agotado del esfuerzo me acosté a su lado para continuar con una cascada de besos consiguiendo que mi erección continuara.

Ella se giró a la vez que me empujaba para ponerme encima. Abrió sus piernas dándome permiso para poder colocar mi pene entre sus húmedas piernas y facilitar su entrada en la vagina preparada para continuar con la escena mas maravillosa que puede haber entre hombre y mujer.

El calor de su cuerpo me estremecía. Comencé a marcar el ritmo que deseábamos. Entraba y salía de su vagina despacio sintiendo cada roce, cada movimiento. Aumenté la velocidad de forma controlada consiguiendo que el placer se adueñara de nosotros una vez más.

Jazzmina alcanzó un nuevo orgasmo, aproveché su estado para ponerla boca abajo, le pedí que sus rodillas aguantaran su cuerpo para que desde mi posición pudiera humedecer su precioso trasero.

Me incorporé, llevé mi pene hacia el orificio preparado y poco a poco fui metiéndolo para no hacerle daño. Conseguí que entrara sin que pudiera haber queja alguna por su parte y empecé a moverme con suavidad al principio aumentando el ritmo de forma progresiva a la vez que con mi mano frotaba el clítoris aun sediento de placer.

En esta ocasión fui el primero en expulsar todo mi líquido seminal dentro de su trasero y cuando estaba a punto de terminar, ella manifestaba su satisfacción de la misma manera que lo había hecho antes.

Una noche para no olvidar jamás. El recuerdo de aquel encuentro es imborrable. Durante varios días después que no pudimos vernos, pude satisfacer mi recuerdo sobre la cama de mi habitación con los ojos cerrados.

Ahora mi sueño es volver a estar con ella. Ya no pido volver a repetir aquella noche, ya me conformo con estar desnudo delante de ella, que me mire y con eso solo sigo siendo feliz. Haberla conocido ha sido un lujo.